Durante los últimos años hemos visto el adviento de genocidios a gran escala, los cuales finalmente decidimos ignorar o validar a partir de creencias religiosas y políticas. Este deseo de mantener la ignorancia ante la realidad de miles de personas porque nos resulta más fácil solo termina por crear mayores heridas colectivas, y enseña que podemos justificar la injusticia mientras nos venden una mentira que consideramos agradable, mientras cerramos nuestros ojos y oídos a la realidad.
Pero el efecto de estas acciones de ignorancia no es solo la inclemencia, sino que produce un daño profundo en la manera en que las sociedades comprenden la realidad, la justicia y la dignidad humana. Dado que por medio de la negación se distorsiona la memoria colectiva y se erosionan los fundamentos éticos y epistémicos de la vida social (Altanian, 2024; Altanian, 2020).
La negación como parte del genocidio
De acuerdo con Altanian (2020;2024) la negación es vista como la “etapa final” del genocidio, en la medida en que busca borrar la memoria del crimen y hacer como si el grupo afectado nunca hubiera existido. Sin embargo, la autora señala que este enfoque resulta limitado, dado que la negación no aparece únicamente después de la violencia masiva, sino que está presente antes, durante y después de los hechos, cumpliendo funciones distintas en cada fase.
Antes del genocidio, la negación adopta formas de justificación, racionalización y deshumanización que preparan el terreno ideológico para la exclusión y la violencia. Durante su ejecución, contribuye a legitimar las acciones contra el grupo objetivo. Después, opera para garantizar la impunidad, obstaculizar la justicia, bloquear reparaciones y debilitar las garantías de no repetición. Todo lo anterior a largo plazo, permite que sostenga relaciones de dominación que mantienen a sobrevivientes y descendientes en una posición social, moral y epistémica subordinada (Altanian, 2024).
Daños más allá de la violencia física
De este modo, se identifica que el genocidio no termina cuando cesan las agresiones físicas, dado que la negación aceptada por el mundo prolonga el daño al atacar la memoria, el reconocimiento y la capacidad de las personas afectadas para ser escuchadas y creídas, lo que constituye una injusticia adicional hacia víctimas, sobrevivientes y descendientes, pero también afecta a la sociedad en su conjunto, al distorsionar la comprensión compartida de la realidad y de las normas que orientan la vida colectiva (Altanian, 2024).
Así, Altanian (2020) comprende la negación desde una perspectiva epistémica, en donde se comprende que esta produce ignorancia de manera activa, por lo que no se trata solo de desconocer hechos, sino de generar y mantener marcos de interpretación que desacreditan testimonios, distorsionan pruebas y promueven desconfianza sistemática hacia quienes intentan dar cuenta de lo ocurrido. Así, se limita la posibilidad de construir conocimientos colectivos basados en el reconocimiento mutuo y la evidencia (Altanian, 2024; Altanian, 2020).
La negación como práctica epistémicamente dañina
De este modo, la negación del genocidio puede presentarse como un discurso aparentemente neutral, académico o “crítico”, sin recurrir de forma explícita al odio o la incitación directa a la violencia. Sin embargo, incluso cuando adopta formas sutiles, este funciona como una práctica discursiva que genera daño social y psicológico, y que puede crear nuevas formas de violencia simbólica o material (Altanian, 2024).
Patrones frecuentes de negación
Algo importante que entender es lo que Altanian (2024) reconoce como las formas de negación, dado que la negación no siempre adopta la forma directa de afirmar que “nada ocurrió”. Con frecuencia se manifiesta a través de estrategias más sutiles que resultan especialmente dañinas porque parecen razonables o equilibradas, tales como la racionalización, la trivialización, la relativización y la inversión de roles entre víctimas y perpetradores. También es común la auto-victimización de quienes niegan, presentándose como “buscadores de la verdad” perseguidos por cuestionar la versión dominante, mientras desacreditan a sobrevivientes y académicos que investigan los hechos.
Estas formas de negación “suave” tienen efectos profundos en el discurso social, ya que moldean la manera en que se habla del genocidio, qué aspectos se consideran relevantes y qué voces son sistemáticamente puestas en duda. De este modo, no solo se distorsiona el pasado, sino también las condiciones presentes para el diálogo, la justicia y la convivencia (Altanian, 2024).
Ignorancia estructural y dominación
Debido a la expansión de la práctica, la negación del genocidio puede entenderse como una práctica de ignorancia estructural, en la que no solo intervienen mecanismos individuales de defensa o sesgos cognitivos, sino también instituciones, discursos oficiales y marcos culturales que refuerzan versiones distorsionadas de la realidad. Estas condiciones moldean identidades, posiciones sociales y formas de creer, generando desventajas epistémicas para ciertos grupos y consolidando sistemas de dominación (Altanian, 2020).
Desde esta perspectiva, Altanian (2020) define la negación, no como un error aislado, sino parte de un entramado social que autoriza prejuicios históricos, tergiversa hechos y altera las normas que deberían guiar la investigación y el juicio moral. Así, negar puede llegar a percibirse como lo “correcto” desde ciertos marcos normativos distorsionados, tanto en términos morales como epistémicos.
Opresión testimonial y silenciamiento
Lo anterior concluye en la opresión testimonial, donde los testimonios de un grupo son sistemáticamente desacreditados o recibidos con escepticismo automático debido a prejuicios arraigados. Dado el rol de la negación en la creación de una imagen negativa del grupo afectado, atribuyéndole falta de credibilidad, exageración o manipulación, lo que debilita su reconocimiento como sujetos de conocimiento (Altanian, 2020).
Además de desacreditar a las personas, la negación distorsiona el propio contenido de lo que se intenta comunicar. La información es rechazada no por su falta de fundamento, sino porque amenaza las narrativas dominantes y los sistemas de creencias que sostienen determinadas relaciones de poder. Esto dificulta gravemente la posibilidad de participar en procesos colectivos de razonamiento en condiciones de igualdad y de construir comprensiones compartidas sobre el pasado y el presente (Altanian, 2024; Altanian, 2020).
Heridas colectivas y responsabilidad social
De este modo, se comprende como la negación del genocidio no solo hiere a quienes han sufrido la violencia directa y a sus descendientes. También daña a las sociedades que la sostienen, al erosionar su capacidad para reconocer injusticias, aprender del pasado y construir marcos éticos comunes. Puesto que cuando se normaliza la distorsión de la realidad, se debilitan las bases mismas de la confianza social y del diálogo democrático (Altanian, 2024).
Referencias
- Altanian, M. (2024). The Epistemic Injustice of Genocide Denialism. https://doi.org/10.4324/9781003202158
- Altanian, M. (2020). Genocide denial as testimonial oppression. Social Epistemology, 35(2), 133–146. https://doi.org/10.1080/02691728.2020.1839810