La adopción, como cualquier proceso de ajuste en donde se pasa de una situación a otra diferente, puede ser algo positivo. Sin embargo, se deben tener en cuenta las dificultades que pueden ser parte de este proceso al implicar desafíos emocionales, relacionales y del desarrollo que deben ser comprendidos sin estigmas ni simplificaciones.
La evidencia científica muestra que la adopción no es una experiencia única ni homogénea: sus efectos dependen de la historia previa del niño, la edad al momento de la adopción, el contexto familiar y social posterior, y la manera en que la experiencia adoptiva se integra en la identidad personal (Brodzinsky, Gunnar, & Palacios, 2022; McSherry, Samuels, & Brodzinsky, 2022).
Adopción: entre protección y vulnerabilidad
Debido a lo anterior, la adopción, según Brodzinsky et al (2022), ha sido concebida desde dos áreas. La primera, que la comprende como una intervención centrada en el bienestar infantil al ofrecer permanencia, cuidado y oportunidades de recuperación frente a experiencias adversas tempranas. Dado que muchos niños adoptados han vivido negligencia, maltrato, múltiples cambios de cuidadores o institucionalización antes de llegar a su familia adoptiva. Por lo que desde esta perspectiva, la adopción puede convertirse en un punto de inflexión positivo en su trayectoria vital.
Sin embargo, la segunda área ve la adopción como un proceso traumático, dado que se ha identificado que, como grupo, las personas adoptadas están sobrerrepresentadas en servicios de salud mental, de modo que pueden presentar más dificultades emocionales y conductuales que sus pares no adoptados. Esto no significa que la adopción “cause” problemas por sí misma, sino que interactúa con vulnerabilidades previas y con factores posteriores a la adopción, incluyendo la calidad del entorno familiar y social (Brodzinsky et al., 2022).
No existe una sola experiencia de adopción
A pesar de esto,Brodzinsky et al. (2022) resalta que el ser adoptado es una experiencia profundamente diversa, dado que los niños llegan a sus familias adoptivas a diferentes edades, por distintas vías, con historias previas muy variadas. Y además, crecen en familias con recursos, estilos de crianza y contextos culturales distintos. Por lo cual, no se puede hablar de una sola experiencia adoptiva, sino de múltiples trayectorias posibles.
Trauma y adopción: ¿de qué estamos hablando?
Teniendo en cuenta lo anterior,Brodzinsky et al. (2022) identifica que muchos niños adoptados han estado expuestos a adversidades tempranas que pueden considerarse traumáticas, las cuales incluyen negligencia crónica, abuso físico o emocional, separaciones repetidas de figuras de apego o privación en entornos institucionales. Tales vivencias pueden afectar el desarrollo cerebral, la regulación emocional, las relaciones interpersonales y la construcción del sentido de sí mismo.
Sin embargo, es importante diferenciar entre el trauma previo a la adopción y la adopción como experiencia vital. Para algunas personas, la adopción en sí misma puede vivirse como una experiencia emocionalmente compleja o incluso traumática, especialmente cuando se acompaña de secretos familiares, falta de información sobre los orígenes, discriminación, racismo o invalidación de su historia personal. Para otras, la adopción se integra de forma más fluida en su identidad (McSherry et al., 2022).
El impacto de las adversidades previas
El impacto de estas experiencias tempranas de negligencia, abuso o institucionalización puede alterar procesos clave del desarrollo, como las habilidades cognitivas, emocionales y sociales, así como sistemas neurobiológicos relacionados con el estrés y la regulación emocional; y estas huellas pueden mantenerse incluso después de que el niño ingresa a un entorno familiar más seguro, influyendo en el desempeño escolar, las relaciones con pares y la regulación de la conducta(Brodzinsky et al., 2022).
La edad al momento de la adopción
Un factor relevante ante los efectos negativos de las experiencias previas a la adopción es la edad en que el niño es adoptado, dado que en general, las adopciones más tempranas se asocian con mejores pronósticos en diversas áreas del desarrollo, ya que reducen el tiempo de exposición a entornos adversos y permiten que el cerebro se desarrolle en un contexto más estable. Sin embargo, esto no implica que los niños adoptados a edades mayores no puedan recuperarse o desarrollarse de manera positiva; más bien, pueden requerir apoyos adicionales y procesos de ajuste más largos (Brodzinsky et al., 2022).
Recuperación después de la adversidad
La investigación de Brodzinsky et al. (2022) también muestra que la adopción puede facilitar procesos importantes de recuperación. Muchos niños muestran avances significativos en su desarrollo físico, cognitivo y emocional tras ingresar a familias estables y sensibles.
No obstante, la recuperación no es uniforme en todas las áreas, algunas habilidades mejoran con rapidez, mientras que otras pueden seguir siendo frágiles o requerir intervenciones especializadas (Brodzinsky et al., 2022).
Por lo cual, la calidad del entorno postadoptivo es clave, la estabilidad familiar, la sensibilidad parental, la comprensión del impacto del trauma y el acceso a apoyos profesionales influyen de manera decisiva en los resultados, en especial se identifica que las intervenciones basadas en el apego y el enfoque informado en trauma pueden favorecer la regulación emocional, la seguridad relacional y el ajuste conductual (Brodzinsky et al., 2022).
La experiencia vivida de ser adoptado
A pesar de lo anterior, más allá de los efectos de la adversidad temprana, la manera en que cada persona interpreta y da significado a su adopción cambia a lo largo del desarrollo, de acuerdo con las respuestas que la persona reciba a las preguntas sobre los orígenes, la identidad, el parecido físico, la pertenencia familiar y cultural, las cuales suelen intensificarse en la adolescencia y la adultez emergente. En estos casos, la apertura en la comunicación familiar sobre la adopción y el respeto por las preguntas y emociones del hijo adoptado favorecen una integración más saludable de esta experiencia en la identidad (Brodzinsky et al., 2022).
Así mismo, el contacto con la familia de origen, cuando es seguro y está bien acompañado, puede ayudar a comprender la propia historia y facilitar la integración de la identidad adoptiva. Sin embargo, no todas las personas desean o necesitan el mismo tipo de contacto, y en algunos casos este puede ser emocionalmente complejo o riesgoso; de modo que la clave proviene de escuchar y responder de manera satisfactoria las preguntas y necesidades de la persona adoptada (Brodzinsky et al., 2022).
Adopciones transraciales, transculturales e internacionales
Otra área importante a tener en cuenta es el caso de las adopciones transraciales o internacionales, en donde se ha identificado que los niños y jóvenes pueden enfrentar desafíos adicionales relacionados con el racismo, la discriminación y la construcción de una identidad étnica y cultural.
Pues cuando las familias minimizan o ignoran estas dimensiones, los jóvenes pueden sentirse invalidados o poco preparados para afrontar experiencias de prejuicio. En cambio, una socialización cultural y racial activa, abierta y respetuosa se asocia con un mejor bienestar emocional e identidad más sólida (McSherry et al., 2022).
Cuando la adopción también se vive como trauma
Incluso teniendo en cuenta los puntos anteriores, algunos autores citados en McSherry et al. (2022) señalan que, para ciertas personas, la adopción en sí misma puede ser experimentada como una pérdida profunda o una herida identitaria, especialmente cuando se combina con mensajes sociales que privilegian los lazos biológicos o con experiencias de exclusión y racismo, por lo cual se debe reconocer esta posibilidad. Lo cual no significa patologizar la adopción, sino validar la diversidad de experiencias y la necesidad de apoyos sensibles a la historia y al contexto de cada persona.
La importancia del apoyo a las familias adoptivas
Debido a esto, se comprende que la preparación previa de los padres adoptivos y el acceso a apoyos posteriores a la adopción son fundamentales. Criar a un niño con antecedentes de adversidad puede requerir conocimientos específicos sobre trauma, apego y regulación emocional, de modo que las familias que cuentan con formación y acompañamiento profesional tienen más herramientas para responder de manera sensible a las necesidades de sus hijos (Brodzinsky et al., 2022; McSherry et al., 2022).
Asimismo, es importante que las comunidades, las escuelas y los servicios de salud reconozcan las particularidades de la experiencia adoptiva, evitando estigmas y promoviendo entornos que validen la diversidad familiar.
Una mirada equilibrada
Así, se debe comprender que la evidencia actual sugiere que la adopción puede ser, al mismo tiempo, una vía de protección y una experiencia compleja que requiere acompañamiento. No todos los niños adoptados desarrollan dificultades, ni todas las dificultades se explican por la adopción en sí.
Por lo cual comprender la interacción entre adversidades tempranas, factores familiares, contexto social e historia personal permite ofrecer respuestas más empáticas y ajustadas a las necesidades reales de las personas adoptadas y sus familias (Brodzinsky et al., 2022; McSherry et al., 2022).
Referencias
- Brodzinsky, D., Gunnar, M., & Palacios, J. (2022). Adoption and trauma: Risks, recovery, and the lived experience of adoption. Child abuse & neglect, 130(Pt 2), 105309. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2021.105309
- McSherry, D., Samuels, G. E. M., & Brodzinsky, D. (2022). An introduction to the adoption and trauma special issue. Child Abuse & Neglect, 130(Pt 2), 105691. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2022.105691