El trabajo sexual es una profesión repleta de peligros para sus trabajadores, quienes a pesar de ofrecer un servicio por el cual se les paga tienden a lidiar con violencia por parte de sus clientes, y la sociedad en general, poniéndoles en una situación de riesgo. Las trabajadoras sexuales suelen enfrentarse a un entorno hostil donde la violencia es una constante y donde su seguridad y dignidad son vulneradas de manera sistemática. Estas violencias trascienden los actos físicos para enraizarse en estructuras sociales, políticas y culturales que perpetúan la exclusión y el control sobre sus cuerpos y sus vidas. Comprender sus causas, expresiones y consecuencias es indispensable para avanzar en el reconocimiento de sus derechos humanos y laborales.
Violencia física y sexual
La violencia física y sexual constituye una de las expresiones más graves y frecuentes de agresión contra las trabajadoras sexuales. Se manifiesta en golpizas, violaciones, coerción, amenazas, torturas y asesinatos cometidos por clientes, proxenetas, grupos delictivos e incluso miembros de las fuerzas de seguridad. Amnistía Internacional (2021) señala que estos actos se desarrollan en contextos de impunidad, donde las víctimas temen denunciar por miedo a represalias o a ser criminalizadas. Esta forma de violencia tiene causas estructurales asociadas a la desprotección legal del trabajo sexual, la estigmatización social y la ausencia de garantías laborales. Sus consecuencias son devastadoras, incluyendo lesiones físicas, embarazos no deseados, infecciones de transmisión sexual, miedo constante y una vulnerabilidad extrema ante la violencia reiterada.
Violencia simbólica y estigmatización
La violencia simbólica se expresa en los discursos sociales y culturales que deslegitiman la labor de las trabajadoras sexuales, reduciéndolas a estereotipos negativos y negándoles su condición de sujetas de derechos. Según Castelblanco-Zamora et al. (2022), esta violencia reproduce la culpabilización de las víctimas y naturaliza su exclusión. La sociedad tiende a responsabilizarlas de la violencia que sufren, justificando los abusos como consecuencia de su “elección” laboral. Este estigma también se traduce en burlas, humillaciones, exclusión comunitaria y negación de acceso a servicios de salud y justicia. Así, la violencia simbólica no solo legitima otras formas de agresión, sino que refuerza la marginalidad y el silencio que rodea a estas mujeres.
Violencia institucional y policial
La violencia institucional se manifiesta cuando las instituciones del Estado, en lugar de proteger, se convierten en agentes de represión y vulneración. Las trabajadoras sexuales enfrentan acoso, extorsión, detenciones arbitrarias y agresiones físicas por parte de agentes policiales o funcionarios públicos. Castelblanco-Zamora et al. (2022) destacan que este tipo de violencia crea un círculo de desconfianza hacia las instituciones, impidiendo que las víctimas denuncien y obtengan justicia. La criminalización del trabajo sexual y la falta de políticas públicas de protección contribuyen a perpetuar la impunidad. En consecuencia, muchas mujeres son revictimizadas cuando buscan ayuda, lo que profundiza su exclusión y las expone a mayores riesgos.
Violencia estructural y exclusión social
La violencia estructural se encuentra en las raíces de todas las demás formas de agresión. Se manifiesta en la pobreza, la desigualdad de género, la falta de oportunidades laborales y educativas, y la ausencia de políticas que reconozcan el trabajo sexual como una actividad legítima. Amnistía Internacional (2021) y la Organización Mundial de la Salud (2022) destacan que la exclusión social limita el acceso de las trabajadoras sexuales a servicios básicos como salud, educación, vivienda y justicia. Estas desigualdades estructurales son causas directas de su vulnerabilidad ante la violencia física, sexual e institucional. Además, perpetúan la idea de que sus vidas tienen menos valor, naturalizando su marginación y la negación de sus derechos fundamentales.
Consecuencias de las violencias
Las consecuencias de estas violencias son múltiples y abarcan dimensiones físicas, psicológicas, sociales y económicas. Las trabajadoras sexuales que enfrentan violencia suelen sufrir lesiones graves, pérdida de ingresos, aislamiento social y deterioro de su bienestar integral. A nivel colectivo, estas violencias refuerzan las brechas de desigualdad y mantienen estructuras patriarcales y moralistas que impiden el avance hacia la justicia y la equidad. La falta de reconocimiento del trabajo sexual como una forma de trabajo legítimo contribuye a que las víctimas permanezcan invisibles, sin protección ni reparación.
Conclusión
Las violencias que enfrentan las trabajadoras sexuales son interdependientes y estructurales, producto de una sociedad que aún se resiste a reconocer su autonomía y dignidad. Superarlas requiere un compromiso político y social que desmantele el estigma, promueva políticas inclusivas y garantice el acceso a la justicia sin discriminación. Solo reconociendo las múltiples formas de violencia que las afectan será posible construir entornos más equitativos y respetuosos de los derechos humanos de todas las personas, sin importar su oficio.
Referencias
- Amnistía Internacional. (2021). Las trabajadoras y los trabajadores sexuales, en peligro: Resumen de la investigación sobre los abusos contra los derechos humanos de las trabajadoras y los trabajadores sexuales – Amnistía Internacional. https://www.amnesty.org/es/documents/pol40/4061/2016/es/
- Castelblanco-Zamora, J. M., Ochoa-Hernández, M. F., Rodríguez-Vásquez, E. M., Giraldo-Camacho, K. A., Alzate-Calderón, P. A., & López-Cantero, E. J. (2022). Percepción de violencia sexual en mujeres en condición de prostitución de la ciudad de Bogotá. Repositorio Institucional Universidad Católica De Colombia – RIUCaC. https://repository.ucatolica.edu.co/entities/publication/6a9a1049-55da-400f-8cae-0e4f0250db9d
¿Y tú qué opinas?